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«Esto les servirá de señal: encontrarán un niño»
Dolores Aleixandre
Nuestros ojos se desconciertan: están acostumbrados a detenerse en lo que brilla,
en lo que destaca, en lo que «se anuncia» de cualquier manera,
y ahora tienen que descubrir esa señal que está en la penumbra de lo pequeño y de lo escondido.
Nuestra fe se siente débil: se le pide que crea que por debajo de las apariencias endurecidas de tantas vidas hay un niño perdido a la espera de alguien que reconozca su presencia.
Nuestro corazón se estremece: presiente que tendrá que hacerse más vulnerable,
porque a un niño hay que acercarse desde la ternura y no desde el poder,
desde el desarme y no desde la agresividad...
Para encontrar a un niño no hay que subir, sino bajar;
no hay que deslumbrar, sino acoger; no hay que esforzarse en ser valioso, sino sencillo.
El niño que somos cada uno de nosotros da saltos de gozo y nos empuja a la simplicidad;
nos llama a recobrar esa inocencia que en los adultos consiste
en seguir esperando y confiando, más allá de todas las decepciones.
Cuando un individuo, o una comunidad, o esa comunidad grande que es la Iglesia,
acepta bautizarse en esa segunda inocencia, sus verbos cambian,
y prefiere preguntar en vez de dictaminar,
acompañar más que prohibir, atreverse más que defenderse,
persuadir en vez de imponer, animar en vez de amenazar, confiar en vez de recelar.
Es en esa niñez reencontrada donde el mundo puede reconocer una señal.
Vivimos tan acosados por la prisa, tan acelerados por nuestras ocupaciones,
que demasiadas veces sólo estamos atentos al resultado último de las cosas, a su brillo final.
Nos urge ver cuanto antes el rendimiento de nuestro esfuerzo;
nos parece tiempo perdido lo que no es inmediatamente comprobable;
nos impacienta la lentitud con que avanzan nuestros proyectos;
nos cansa tener que estar siempre empezando
en la tarea de corregir nuestros defectos y soportar los de los demás.
La vida se encarga de sosegarnos si nos dejamos enseñar por ella: las leyes secretas del crecimiento,
la desproporción entre los largos períodos de aprendizaje y el resultado conseguido,
la resistencia de la realidad a dejarse avasallar por nuestras urgencias,
pueden convertirse en las agujas que van tejiendo pacientemente el proceso de nuestra maduración.
Pero es, sobre todo, en medio de la oscuridad de la noche de Belén
donde podemos recibir la visión de un orden diferente y ser iluminados por su claridad.
Hay un niño dormido envuelto en pañales;
el mundo ha esperado un adviento de siglos desde la creación para preparar su llegada;
durante nueve meses ha sido tejido en lo secreto del seno de una muchacha galilea;
va a necesitar treinta largos años hasta que cuaje su personalidad.
Va a tener que pasar tiempo hasta que su voz sea lo bastante sonora
para dejarse oír desde la orilla, cuando hable desde una barca;
va a tener que vivir sin prisa junto a una mujer contemplativa
para que sus ojos aprendan a mirar más allá de las cosas,
y a tener que trabajar mucho hasta que sus hombros se vuelvan lo bastante fuertes
para aguantar los golpes y resistir el peso de un madero.
Estamos invitados a entrar en la Casa del Pan y acercarnos a ese niño
dejando atrás nuestras prisas, nuestra superficialidad impaciente.
Aceptar que su ritmo sea el nuestro, acoger su tiempo y su medida,
abandonar entre sus manos nuestras preocupaciones por la eficacia.
Dejar que renazca en nosotros la confianza en la fecundidad de una vida escondida con Cristo en Dios,
la fe en que sólo lo escondido resiste,
la seguridad de que Alguien se encarga de que germine y dé fruto
lo que ha aceptado hundirse, como él, en la oscuridad de la tierra.
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