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Rutas anteriores
Si sufres porque te sientes sin voluntad y sin amor de Dios. Jean Lafrance Si sufres porque te sientes sin voluntad y sin amor de Dios, Las hermanas de Teresa del Niño Jesús afirmaron siempre que lo que le caracterizaba, era la fuerza, y la madre Inés añadía que Dios le había dado un instinto de humildad para dirigirse a los débiles, a los pobres y a los pequeños. Cuando hablo de la santidad y del amor de Dios, surge siempre una reflexión en la boca de los oyentes: «La santidad no es para todo el mundo. Yo, no me siento capaz de ella, pues no tengo la fuerza ni la caridad de los santos. Entonces, ¿qué voy a hacer?» Teresa tiene intención de hablar a aquellos cuya generosidad vacila, que quisieran negarse a sí mismos, curar y amar a Dios a la medida plena de su vocación. ¿Qué les dice a estas personas? Todos hemos oído estas palabras cuando experimentábamos nuestra debilidad: «¡Esfuérzate!» Pero hay que admitir que este lenguaje no es operativo y, ciertos días, nos vemos obligados a confesar: «Es imposible», como los apóstoles dijeron, sobre la continencia para el reino. Y sin "embargo toda la tradición espiritual, siguiendo al evangelio, no dirá jamás lo contrario; sería traicionar las palabras de Cristo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niegúese a sí mismo» (Mt 16,24). Si haces trampas, no tienes necesidad del amor misericordioso revelado por Jesús en el evangelio, ni del mensaje de Teresa que se dirige a todos los que no pueden llegar ahí: «No consigo negarme a mí mismo y sin embargo veo muy bien lo que debería hacer.» Así es como el padre Desbucquois resume la respuesta de Teresa. Debes intentarlo sin embargo -Teresa lo dice claramente— aunque no se trata de lograrlo o no. La frontera de Teresa está trazada entre los que lo intentan y los que no lo intentan. Entre dos personas que se encuentran en el mismo estado, puede existir un abismo. Existen los que quisieran negarse a sí mismos y no pueden, y aquellos otros que se las arreglan para estar tranquilos. Los primeros conocerán la tentación contra la esperanza y eso será su salvación; se verán acorralados hasta gritar «socorro» para recibir una respuesta magnífica. Pero si se apartan de esta tentación, se apartan al mismo tiempo de lo que va a darles la salvación. Mira como va a jugar esta tentación. Mantienes tu esfuerzo y, cuanto más te esfuerzas, más te desanimas. La primera tentación es suprimir el esfuerzo y quedarse tranquilo. Hay otra solución que es la que te propone Teresa: «Mantén tu esfuerzo, hazte pequeño, humilde como un niño; mira el corazón de Dios y espera de su amor la gracia de amarle y por consiguiente, espera contra viento y marea la gracia de renunciar a lo que no es él.» Por eso Teresa no renuncia jamás a la ecuación: «Amar a Dios igual a renunciar a lo que no es Dios.» Sé lo suficientemente loco o lo suficientemente creyente para tratar de obtener lo que no consigues realizar por ti mismo. Es una gimnasia que Teresa ha descrito a través de una imagen sorprendente de la que se sirvió para ayudar a una novicia que atravesaba una tentación contra la esperanza, pues Teresa era exigente. Se trataba de Sor María de la Trinidad que se desanimaba; Teresa le dijo: «Te pareces a un niño pequeño que quiere subir una escalera. Entonces levanta su pie con la esperanza de franquear varios escalones y, en realidad, no consigue superar ni uno solo.» Teresa acepta la situación de partida: el niño no puede subir un solo escalón, pero levanta su pie. A los ojos de un hombre realista, esto parece absurdo: no hay que intentar subir, hay que ocuparse de otra cosa, no tratar de amar a Dios; «volver a los pucheros», como me dijo un día una mujer que había intentado hacer oración. Teresa dice: «Si tienes fe, sábete que en lo más alto de la escalera, Dios te mira y te espera. Y cuando estime que estás bastante maduro y a punto, vendrá a tomarte.» Aquí está la paradoja, pues este esfuerzo aparentemente inútil produce un resultado: acabar con tus pretensiones, tu dureza y tu orgullo. Es el sentido de las maceraciones de los santos: su corazón de piedra debe «remojarse» en lágrimas (como se ponen los pepinillos en vinagre...). «Entonces el corazón está como mansito, dice san Macario, y de ahí nace la humildad, el dolor de corazón, la mansedumbre y la dulzura.» Hay que esperar el punto cero de tus propias fuerzas para que Dios venga a buscarte y a ponerte en lo alto de la escalera por el poder de su amor. La doctrina de Teresa se dirige a los que están tentados contra la esperanza y no buscan ninguna solución. Entonces la puerta se abre. Has tratado de luchar contra una pesada tentación, no has conseguido nada. ¿Qué te queda por hacer? Sigue, pero tratando de creer y esperar que el Amor misericordioso te espera al final de tus difíciles esfuerzos y que vendrá a buscarte. Haz esto y Dios te dará la gracia del amor y, a medida que éste crezca en ti, crecerá también el desprendimiento y el espíritu de sacrificio. Esta sigue siendo la doctrina de Teresa: no llegas al amor por el espíritu de sacrificio, sino que llegas al espíritu de sacrificio por el amor. ¿Y cómo llegas al amor? Por la confianza y nada más que por la confianza. |