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Comparecer ante Dios con las manos abiertas

Piet van Breemen sj

Me gusta la imagen de las manos abiertas. En el trans­curso de años o de décadas, todos hemos reunido muchas cosas, tal vez con un gran esfuerzo, y ahora las tenemos en nuestras manos como una propiedad que hay que con­servar. Me refiero a todas esas cosas materiales que hacen la vida un poco más agradable, cómoda y moderna. Pero a ellas hay que añadir así mismo pensamientos y opinio­nes, convicciones e ideas que han nacido en mí mismo, o que he tomado de otros, principios que he hecho míos; e igualmente relaciones que significan mucho para mí. También mi trabajo, mi agenda, mi calendario, mi posi­ción y mi reputación, mi influencia y otras muchas cosas. A todas ellas me aferró con fuerza. No me desprendo de ellas sin más. Aquí nadie debe meter la mano, pues me ha costado mucho trabajo reunir lo que tengo.

Pero, si ahora me pongo a orar, la mano cede. No tengo que vaciarla. Se trata más bien de abrir las manos y comparecer ante Dios con las manos abiertas, mostrárse­lo todo y tener un poco de paciencia, pues Dios tiene mucha paciencia. Al cabo de algún tiempo, Dios se acer­ca y mira todo lo que tengo; después me mira y dice: «Hombre, tienes muchas cosas». «Sí», contesto yo, «es cierto, tengo muchas cosas, probablemente muchas más de las que creo». Cuando Dios me lo dice, me doy cuen­ta de que es verdad, de que tengo muchas cosas, tal vez demasiadas. Entonces él me mira fijamente y me pregun­ta: «¿Estás de acuerdo en que te tome una cosa?». No ten­gas miedo, Dios es un señor y no lo toma todo. De eso puedes estar seguro. Por otra parte, sabe elegir muy bien, pues tiene una gran sensibilidad. Me pregunta: «¿Estás de acuerdo en que te tome una cosa?». La respuesta tiene que ver con la actitud básica de la oración: «¡Sí, estoy de acuerdo! Nadie más debe tocar lo mío, pero tú sí. Si quie­res, puedes tomarla».

Y entonces Dios la toma con mi permiso. Permanezco sentado. Al cabo de un tiempo -impreciso-, viene de nuevo junto a mí, tal vez me pongo un poco nervioso, y me pregunta: «¿Estás de acuerdo en que te regale algo?». Pues Dios no sólo quita, sino que también da. Y, una vez más, la respuesta tiene que ver con la actitud básica de la oración: «¡Sí, estoy de acuerdo!».

Si falta esa actitud básica, no puedo orar, pues enton­ces mi relación con Dios se convierte en una especie de juego del escondite. Camino un buen trecho en dirección a él, pero, tan pronto como me acerco, retrocedo por miedo: miedo a que quiera quitarme algo. Dicho de manera más sencilla: la condición básica de la oración es mi deseo de que Dios sea Dios. Si no tengo ese deseo, ¿cómo puedo orar? La oración es entonces desde el prin­cipio una caricatura.

Tagore lo dijo con toda claridad: «Mi corazón está oprimido por el peso de sus riquezas, que él no te ha dado». Aquello que me separa de Dios pesa sobre mí.

Y ahora -creo- sería un error que empezaras a pensar: «Entonces, ¿me lo puede quitar todo?». No lo hagas, seguirías un camino equivocado, pues en ese supuesto podrías imaginar miles de cosas y, aun así, no darías con la que él quiere. ¡Dios es muy original, muy ingenioso! Y lo que es más importante: ésa no es la dirección en la que tienes que mirar. En otras palabras: no debo mirar mis manos y ver lo que hay en ellas. No se trata de eso. Debo mirarle y confiar en él. Si quiere tomar algo de mis ma­nos, es siempre para mi bien. De lo contrario, nunca lo haría. Él me ama más que yo a mí mismo. No tengo por qué tenerle miedo. Si quieres tener miedo, tenlo de ti mismo; hay motivos para ello. Pero de Dios no debes te­ner miedo. Ésta es la actitud básica de la oración: con­fianza en que Dios me ama, me busca, quiere mi realiza­ción. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10); esto es lo que quiere. Por consi­guiente, lo que hace falta es franqueza con Dios, fran­queza basada en la confianza.