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El quinto grado de humildad benedictino Joan Chittister osb El quinto grado de humildad benedictino requiere que no ocultemos a nuestro guía espiritual «todos los malos pensamientos que llegan a nuestro corazón ni las malas acciones cometidas en secreto». La humildad tiene también que ver con la auto aceptación. Esto puede ser lo más difícil de todo. Una cosa es reconocer la presencia de Dios y el valor del otro, y otra enteramente distinta admitir lo que no somos, estar en paz teniendo menos de lo que queremos, y dejar de aparentar, incluso ante nosotros mismos, que somos lo que hemos inducido a los demás a creer que somos. La auto revelación es justamente lo que nos salva de la tiranía de la perfección. Y es esencial para el crecimiento humano. Es una carga terrible tener que ser perfecto, tener estar en lo cierto cuando se teme no estarlo, no equivocarse nunca cuando, en lo más profundo de uno mismo, se sabe que se está equivocado. Y cargar con el secreto de las propias necesidades y la culpa personal es un peso aún peor, que nos consume por el miedo a ser descubiertos. Así desarrollamos la terrible necesidad de controlar a los demás. Después de todo, lo que no podemos aceptar en nosotros, nunca podremos tolerarlo en los otros. El quinto grado de humildad nos dice que, si queremos crecer, son imperativas la auto revelación y la interacción con los demás. Los psicólogos nos dicen que las luchas que ocultamos son las luchas que consumen nuestras energías y nos amargan la psique. La regla benedictina, siglos antes de que se viera confirmado por una profunda investigación, dice que debemos dejar de llevar máscara y de pretender ser perfectos. Debemos, sencillamente, aceptar las gracias de crecimiento que pueden llegarnos de los corazones sabios y cariñosos que nos rodean. Debemos admitir nuestras debilidades y limitaciones. La perfección no tiene que ver con la completa inocencia y la fuerza ilimitada, sino con la disposición a comenzar de nuevo. |